miércoles, 21 de octubre de 2009

"...La acometió con firmeza incrustándose en ella sin peámbulos, con una brutalidad inútil. Se dio cuenta demasiado tarde, por las salpicaduras sangrientas en su vestido, que la joven era virgen, pero ni la humilde condición de la adolescente, ni las apremiantes exigencias de su apetito, le permitieron tener contemplaciones. Ella no se defendió, no se quejó, no cerró los ojos. Se quedó de espaldas, mirando el cielo con expresión despavorida, hasta que sintió que el hombre se desplomaba con un gemido a su lado. Entonces empezó a llorar suavemente..."


Texto extraído de La casa de los espíritus de Isabel Allende

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